Por los bulevares del Flâneur

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Por los bulevares del Flâneur

El flâneur es un vagabundo, un hombre de la calle, un observador del mundo, un ojo crítico que busca en los lugares más recónditos de la inmensa metrópoli, sin rumbo ni destino pero dueño de sus pasos, abierto a las vicisitudes que la vida le presente.

Los nuevos procesos industriales dieron un cierto valor a los desperdicios y la figura del trapero cobró relevancia y llegó a producir fascinación en su época.

Observador apasionado, su hogar se encuentra en el corazón de la multitud, “entre el flujo y el reflujo del movimiento”, en ese punto intermedio entre quien huye y el propio infinito. Contempla el mundo estando parado en el centro mismo, y sin embargo logra pasar inadvertido. Hace “botánica del asfalto”. Es parte de la estampa de París de fines del siglo XIX.

Nace con el surgimiento del espacio para los viandantes, con los pasajes y los bulevares.  Estos pasajes, son pasos estrechados con vidrio y revestidos de mármol, un lugar que no es calle ni tampoco interior. A ambos lados de estos pasos “que reciben la luz de arriba” se encuentran las casas más elegantes. En consecuencia, cada pasaje representa una pequeña ciudad, un mundo en sí mismo, lugar preferido por paseantes y fumadores, “picadero de todos los pequeños empleos posibles”. En ese mundo el flâneur encuentra su lugar.

Nadie se aburre en el seno de la multitud, quien lo haga es un imbécil. Al menos de esta manera lo manifestaba el poeta Charles Baudelaire.

El bulevar era la morada del flâneur, está como en su casa entre fachadas, así como el burgués entre sus cuatro paredes. Las placas de los comercios, deslumbrantes y esmaltadas, son el adorno en la parted tanto o mejor que los óleos con los que la burguesía decora sus salones.

Para el flâneur “los muros son el pupitre en el que apoya su cuadernillo de notas”, los quioscos de periódicos su biblioteca, y las terrazas de los cafés “balcones desde los que, hecho su trabajo, contempla su negocio”.

La vida, para el flâneur, florece gracias a su multiplicidad, en la infinidad de posibilidades que se le presenta, “entre los adoquines grises y ante el trasfondo gris del despotismo”.

En definitiva, con el nacimiento de las grandes ciudades se genera una nueva realidad y el flâneur pasa a ser parte de la estampa de una época particular, donde comienza a haber una “preponderancia expresa de la actividad de los ojos sobre el oído”.

Y es que, a la vez, surge aquella noción en la que cada individuo de esta nueva sociedad carga con un misterio dentro de sí, un lado oculto, una sombra que de ser descubierta, lo haría odioso ante los ojos de los demás. Allí donde todos son desconocidos, ahogados entre la multitud, como un “asilo que protege al asocial de sus perseguidores”. Ahí es donde el flâneur se regocija, disfrutando de su anonimato, de su incógnito.

¡Pero cuidado! Que en su pasear ocioso, el flâneur nunca pierde de vista a su perseguido. Su rumbo indolente es sólo una máscara.

En el flâneur se esconde el verdadero artista, quien logra retratar el mundo desde su puesto de observador, como un alma en pena que busca un cuerpo, que busca encarnarse.

Quien introduce la figura del flâneur es Walter Benjamin en un ensayo basado en la poesía de Baudelaire. El flâneur deja de existir ante la aparición de la sociedad de consumo y representa un producto más del poder alienante del capitalismo y la urbanización.

Bibliografía:

Benjamin, Walter. El París de Baudelaire. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2012.