Destino circular. Hablar de Montevideo

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Destino circular. Hablar de Montevideo

Montevideo. Un libro argentino, encontrado en la feria dominical, contiene un artículo de una escritora argentina, de madre uruguaya, que habla sobre Montevideo. 

"El círculo se va a cerrar" 1, dice Borges. Protagonista tangencial de esta historia, no sólo por estar él a unas páginas de distancia en el mismo libro 2, ni por el país vinculante (ambos tenían lazos familiares con Uruguay), sino por dedicar El Alpeh y sus líneas más íntimas a Estela A. Canto (1915-1994) 3. Las fechas y la inicial del segundo nombre se la debemos al periodista Daniel Mecca, quien obtuvo estos datos a partir de una minuciosa investigación sobre la autora argentina 4

Estela Canto

Estela Canto, quizá recordada por haber sido "un amor de Borges" en la década del 40, fue una escritora y traductora competente, según algunos testimonios recogidos por Mecca.

El libro en cuestión es el quinto número de la revista-libro Ficción. Este número está dedicado a las letras uruguayas. Encontramos textos de Enrique Amorim, Juan Carlos Onetti, Arturo Sergio Visca, Daniel D. Vidart, entre otros autores de renombre.   

En esté número participa Estela Canto, formando parte del grupo de escritores argentinos colaboradores en esa edición.

En su nota, Canto comenta su impresión sobre la ciudad de Montevideo, tantas veces visitada durante su niñez y menos frecuentada en su madurez.


Hablar de Montevideo...

"Hablar de Montevideo es algo tan íntimo y hondo como hablar de una gran amor, perdido por las circunstancias y siempre esperado. Por eso no puedo hablar directamente de esa ciudad, que fué la de mi familia, la de mi adolescencia, donde he pasado momentos terribles y donde, de alguna manera, se ha conservado siempre toda la esperanza de mi vida. 

 Al escribir sobre Montevideo, tengo que hacerlo de manera personal y, por eso mismo, de manera vaga. Tendría demasiado que decir: no puedo decirlo. Esta nota es el resultado de una inhibición.

 He vuelto a Montevideo a mediados de noviembre del 56. La otra vez que lo había visto -desde el tiempo en que dejé de visitarlo casi semanalmente. fué a fines de 1951. En aquel año, mientras el barco se detenía unas breves horas, paseé por la avenida 18 de Julio. Era un día nublado y frío de fines de invierno: allí, sentada en un banco de la Plaza Libertad, junto a una holandesa que era mi compañera de de viaje, sólo percibí la semejanza de Montevideo con Buenos Aires: una cosa pequeña, reducida, de algún barrio porteño; (porque Buenos Aires es, sobre todo, una ciudad de barrios, y las mismas caras pueden verse en los mismos sitios, y hay barreras -Constitución al sur, Plaza Once al oeste- que no se franquean jamás). Montevideo era en aquella visión, bajo un viento despiadado y húmedo, un poco el barrio norte de Buenos Aires, con sus caras siempre iguales y sorprendidas de ver un rostro nuevo, y era, también, una mezcla del barrio de flores y de la calle Reconquista o 25 de Mayo…, esas calles porteñas que siguen viviendo del puerto, respiran el puerto.

 De todos modos era la similitud: la nostálgica similitud de un Buenos Aires cordial y perdido, lo que yo sentí en 1951. En 1956 la cosa fué totalmente distinta: no vi el parecido, sino la diferencia. Las voces eran distintas, el cielo era distinto, el agua de nuestro río-mar tenía un color distinto: lo reconocí: era el color y el aire de Montevideo, del Montevideo de mi infancia, que era como un símbolo de libertad y de sol. Después de los meses pesados, húmedos y razonables de un invierno escolar en Buenos Aires, yo iba a Montevideo, y el agua cambiaba de color, y el olor a mejillones y a resaca del fondo de la playa Pocitos, junto a Trouville, eran, al saltar sobre la brea del asfalto al bajar del ómnibus, el primer saludo de una arena fina, impalpable (así nos parecía), el primer contacto con algo dulce, tibio, resistente como las piedras del suelo uruguayo, y que no se parecía a la violencia marplatense, brutal y sin sentido. Mar del Plata era imponente, pero no acogedora: el Uruguay era como volver al fondo de nosotros mismos, encontrar las sensaciones primordiales, descubrir el valor de los olores y de los sonidos, aislados, por lo que cada sonido y cada olor dicen única y exclusivamente a cada uno.

 Esta vez descubrí también otra cosa: el parecido de Montevideo con algunas ciudades italianas: no se trata de un parecido físico (los parecidos verdaderos nunca lo son; la prueba está en que ningún lugar de la Argentina se parece a Francia, pese a la voluntad arquitectónica e ingenieril que ha dirigido la construcción de muchos barrios de argentinos) sino de algo más profundo, que de depende de la forma, natural o buscada, sino de la emanación telúrica o anímica (si es que así puede decirse) de algún lugar.

 Y es que Montevideo se ha levantado, como las ciudades europeas, no siguiendo un plan, sino una necesidad: Buenos Aires podría estar más al norte o más al sur de la pampa: Montevideo debe estar al pie del Cerro. Montevideo es orgánica, como las ciudades de la Edad Media: surgió por fuerza de la tierra, conserva largamente sus viejas características y es como el faro de la entrada al Río de la Plata.

 Pero quiero hablar un momento de la ciudad vieja de Montevideo, siempre idéntica a sí misma, aunque falten algunas casas, o haya numeración cambiada. Al asomarse a los balcones de un hotel en Sarandí e Ituzaingó, veo, de los dos lados, a la derecha y a la izquierda, “el mar”, como dicen los uruguayos, ese mar, que es verdaderamente el mar, pasando por encima de las convenciones geográficas. Veo las claraboyas… esa característica de los techos de Montevideo, Patios techados de vidrio, plantas invernales, mecedoras… todo eso es Montevideo cuando se ven sólo sus claraboyas y, de alguna manera, recordamos alguna galería vidriada y techada de la Vía Toledo en Nápoles, y pensamos en Génova, vista de paso en un tren.

 En la recova del Teatro Solís hay un restorán: ha cambiado de nombre, estuvo cerrado un tiempo, pero es siempre el mismo. Allí, cuando yo tenía ocho años, una chica que tenía cinco y que calzaba unos enormes zapatones de taco alto vendía caramelos en la recova. Era rubia y muy solapada.

 Es probable que, por la época, no haya ido a parar a las casas de luces rosadas que empezaban al bajar hacia el mar, en la calle Camacuá. A Camacuá y Recinto las tiró abajo la Rambla Sur, como reza un tango, sentimental y cursi como todos los tangos no auténticos, que dice:

Mi viejo barrio sur,

triste y sentimental,

la civilización, te clava su puñal…

 El puñal de la civilización terminó con los prostíbulos del barrio sur, y la nostalgia que dejó, se me ocurre, es falsa: la nostalgia del burdel existe sólo donde el hombre no puede afirmarse, donde su dignidad humana se siente menoscabada y donde necesita castigar a otro ser por esa humillación recóndita: en el burdel se exterioriza la vergüenza del hombre, y no la de la mujer, que es sólo instrumento para liberar, precariamente, esa vergüenza. Y en el barrio sur de Montevideo, me atrevo a decirlo nunca hubo vergüenza, ni aun en las épocas en que no se dejaba pasar a la gente (entiéndase mujeres y niños) a partir de las seis de la tarde hacia las calles del bajo, donde las olas del murallón golpeaban siempre. 

 Las casas desaparecieron hacia 1935, es decir, las casas no, porque todavía siguen en pie, ya sin su cargamento humano. En las noches de Carnaval de Montevideo, ese carnaval que se prolongaba por un mes y medio, con el remolino del corso de Pocitos, los interminables desfiles de 18 de Julio, los tablados y los bailes en los teatros, estaba siempre presente, como una amenaza y como una curiosidad, el barrio sur. No se podía bajar hasta allí, allí terminaba todo, pero, para los chicos allí empezaba la curiosidad y el verdadero disfraz. 

 Esa parte de Montevideo en la que el impulso adolescente se unía a la curiosidad por ciertas calles, es la parte negativa de la ciudad, es el punto en que se siente el encierro de Montevideo, su revolverse en sí mismo.

 Porque allí está el germen de una angustia pueblerina que se complace en sí misma y que se exhibe… también en sí misma. 

 El problema de Montevideo -la ciudad corazón del Río de la Plata- es que necesita mostrarse para realizarse y, por una contradicción trágica, allí donde está el impulso, está también condenado a morir.

 Pero hay otras calles en Montevideo: están sus repechos, la frondosidad del Prado, la belleza blanca, verde, reducida del Buceo; está el olor de sus calles, con algo de fruta, de mar, de madera carcomida, de paredes recién revocadas. Y Montevideo, de alguna manera, pese a su frustración secreta, sigue siendo, para quien sabe verla y sentirla, la ciudad de la esperanza." 5

 


1 - Borges, Jorge Luis., (1943). Poema Conjetural

2 - Borges, Jorge Luis., (1957). Pedro Leandro Ipuche. Ficción (Número 5) (pag. 166)

3 - Canto, Estela., (1989). Borges a contraluz. Madrid, España. Editorial: Espasa-Calpe.

4 - Mecca, Daniel., (2017). Un viaje extraordinario tras los misterios de Estela Canto

5 - Canto, Estela., (1957). Hablar de Montevideo. Ficción (Número 5) (pag. 146)

 

Oh.Tejera